Quienes seguís mis publicaciones ya conocéis los numerosos reparos que tengo hacia la inteligencia artificial generativa (IAgen). Ya sabéis, todo aquello de que se han alimentado a partir de un robo masivo de material sin permiso ni compensación a los autores, que perpetua un modelo extractivista feroz, que deforma el mercado haciendo que la tecnología sea menos accesible, que vulnera los derechos laborales y que promueve lo que Yanis Varoufakis llama tecnofeudalismo, bajo la etiqueta de "democratización de la tecnologia", una suerte de neolengua que muchos empiezan a creerse.

También toda la problemática asociada al impacto social, mediante los sesgos de automatismo, que hace que las personas confíen en sus resultados, lo que lleva, por un lado, a graves riesgos de desinformación asociada a la 'mierdificación' de internet, y por otro, a que las personas terminen delegando su pensamiento y su toma de decisiones a un robot que no piensa, siente ni razona, pero que imita muy bien el pensamiento, el sentimiento y la razón. La generación de dependencia y la degradación de procesos cognitivos clave son realidades ya palpables.

Pero he hablado sorprendentemente poco sobre los impactos ambientales. Así que hoy toca sacar el tema.


Antes de continuar, un disclaimer. En todo momento, hablaremos aquí de la inteligencia artificial generativa (IAgen), es decir, aquella que mediante modelos grandes de lenguaje o sistemas de difusión estable, generan contenido mediante métodos de predicción estocástica, en forma de texto o imagen, a partir de los recursos previos contenidos en sus bases de datos. Esas que Emily Bender bautizó como "loros estocásticos". Es decir, no incluiremos aquí la inteligencia artificial determinista que calcula el mejor movimiento de ajedrez contra Kasparov, ni la que mueve al enemigo cuando juegas al Age of Empires, ni la que te ayuda a realizar cálculos complejos para tu tesis doctoral, al realizar una regresión lasso tras haber procesado tus datos siguiendo un sistema de imputación de missforest, por ejemplo.

El informe de Naciones Unidas

Vayamos al grano. Acaba de salir del horno un informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que ha puesto sobre la mesa ese elefante en la habitación que las grandes tecnológicas no quieren que nadie vea. 

Ya sabemos que los centros de datos que los grandes motores de IAgen necesitan para funcionar son grandes máquinas de consumo de recursos. Aunque el consumo por consulta individual puede parecer bajo, en términos globales, los impactos asociados a la IAgen hace tiempo que dejaron de ser despreciables. Estos impactos se pueden reducir, principalmente, a cuatro tipos.

Debido a la gran opacidad de las empresas que operan y controlan estos modelos generativos, a la superproducción de artículos publicados en revistas científicas pero con evidentes conflictos de interés, y al silenciamiento sistemático de las voces críticas más relevantes, las magnitudes de estos impactos son, en general, bastante desconocidas, aunque así y todo hay numerosas estimaciones sobre la mesa. Si estas tácticas os recuerdan a las que hace un buen puñado de décadas practicaba la industria tabacalera no es casualidad. Los paralelismos son más que evidentes.

Pero como decía, la ONU acaba de publicar un informe que va a ser difícil de esquivar. En él, abordan tres de los cuatro impactos ambientales que he mencionado. Y las conclusiones son contundentes, sólidas, muy bien fundamentadas.

En proyecciones para 2030, se estima que el consumo eléctrico de los centros de datos empleados para IAgen se situará entre varios cientos y mil TWh, (eso lleva a un nuevo orden de magnitud, el PWh, "petawatio-hora"). Mil TWh es el consumo de toda España en cuatro años, equivalente al consumo de Estados Unidos en tres meses.

En emisiones de carbono y otros gases de efecto invernadero, la proyección apunta a los 400 millones de toneladas de CO₂ equivalente anuales, magnitudes comparables a las emisiones anuales del Reino Unido, o las emisiones de España en un año y medio.

Pero en el caso del agua, quizá el valor sea el más llamativo. Los 9,3 billones de litros de agua que utilizan cubrirían las necesidades de agua potable de consumo (es decir, lo que necesitamos beber, sin contar otras necesidades) para los 8300 millones de personas del planeta durante un año y medio.

Acelerando la crisis de un mundo en crisis

Hace cinco años, la mayoría de las personas ignoraban el concepto de "inteligencia artificial"; les sonaba a ciencia ficción. A esas novelas de Asimov, llevadas al cine por Spielberg. Los que sí tocaban el tema, lo hacían en los contextos científicos y técnicos, por modelos de regresión, sistemas de aprendizaje automático y similares, o bien en el mundo de los videojuegos.

Los loros estocásticos han cambiado la perspectiva. Y en el último lustro, la IAgen ha pasado de ser una curiosidad explorada por un puñado de empresas buscando una gallina de los huevos de oro, a una tecnología ubicua, alimentada por enormes volúmenes de publicidad, y totalmente insostenible. La IAgen es, hoy, la tecnología que más ha aumentado sus impactos ambientales relativos de la década.

Vivimos inmersos en un cambio climático que avanza sin frenos. Un cambio mucho más rápido que cualquiera de los registrados en la evidencia fósil. Un cambio que está asociado a una cadena de colapsos potencialmente catastróficos. Evitar esos colapsos es vital para la supervivencia de nuestra especie. Vivimos en un mundo en el que todas las prioridades deberían enfocarse en la reducción sistemática, inmediata, global y duradera de los impactos ambientales.

Muchos dirán que la IAgen puede ayudar a mitigar los efectos del cambio climático, pero lo cierto es que esos hipotéticos futuribles no tienen ningún sustento en la realidad. Lo cierto es que todos esos méritos que en la prensa leemos de que tal o cual grupo de investigación ha logrado este o aquel avance cientifico revolucionario "gracias a la IA" lo ha hecho, no gracias a la IA generativa, sino a esas otras formas de IA de tipo determinista que los científicos llevamos usando décadas. Que no tienen nada que ver.

Pero incluso aunque aceptásemos su marco, la IAgen es extraordinariamente ineficiente: para lograr una computación lo suficientemente potente como para lograr llevar a cabo descubrimientos significativos sería necesario alimentar mucho más al monstruo, causando en el proceso aún muchos más impactos.

Jugar la carta de la eficiencia energética tampoco es la gran idea que muchos piensan. Por mucho que se mejore la eficiencia, si el uso de la tecnología crece más rápido de lo que aumenta su eficiencia, el problema se perpetúa. Se ha visto con el uso del petroleo, y antes de él, con el carbón. De hecho, el efecto que describo, conocido como «paradoja de Jevons», fue descrito en el siglo XIX, y a día de hoy lo seguimos observando.

Al final, todo se reduce a lo de siempre. Unas pocas empresas quieren sacar el máximo beneficio a costa del bienestar global, y sin importar el impacto que causen para ello. La propaganda asociada a la IAgen hace muy bien su trabajo. Pero las pruebas son sólidas.

En este punto muchos me preguntarían qué solución propongo. Y para mí, la solución es evidente, aunque a muchos no les gustará. Una regulación sólida y contundente, que establezca unos mínimos aceptables en términos ambientales, sociales, laborales y de salud mental, y apagar sin paliativos cualquier IAgen que no los cumpla. ¿El problema de esa solución? Que los mínimos que podrían considerarse aceptables, actualmente, no los cumple ninguna IAgen, y es poco probable que alguna pueda llegar a cumplirlos.

A mi, que se apagasen todas las IAgen no me supondría ningún tipo de pérdida, no tendría drama ni trauma alguno. Al contrario, sentiría un gran alivio. Pero como sé que ese destino utópico no va a suceder, tendré que esperar sentado a que la burbuja explote. Ese final sí que será más traumático para muchos, pero ese es otro tema...

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