O eso es lo que pretenden decirnos algunos políticos y personalidades de las altas esferas. ¿No?

Lo cierto es que, desde que pusieron de moda ese meme, oda a la ignorancia más profunda, siempre me ha resultado bastante peculiar. Escuchaba a los dirigentes y mandamases de ciertos partidos airear sus vergüenzas sin pudor: “¿por qué se sigue tirando al mar el agua de los ríos?”, “el Ebro ha desperdiciado en 20 días más agua echada al mar que lo que consume España en un año”, y lindezas similares. Y yo pensaba, en mi inocencia, que era una especie de declaración que buscaba el hostigamiento, una de esas cosas que nadie se cree, pero que sueltan algunos como cebo para incendiar la ira de otros. Lo que en redes algunos llaman un “rage bait”.

Pero no. En las últimas semanas he tenido la desgracia de cruzarme, tanto a través de redes sociales como en persona, con varias personas que realmente se creen eso de que los ríos desperdician el agua que echan al mar. Y si bien hacer un artículo sobre este tema me genera la sensación de estar insultando la inteligencia de mis lectores, creo que viene bien explicar por qué motivo es una estupidez suprema, y de paso, podemos avanzar más allá de los conceptos más básicos del ciclo del agua y desmontar otras tantas barbaridades que los políticos de ciertas cuerdas tienden a aventar.

Una bañera en medio del bosque
Nahid Hatamiz vía Pixabay

La importancia de no confundir la bañera con la cañería

Hay una analogía que me gusta contar cuando hablo de hidrología con amigos no biólogos. Imagina que llegas a casa, abres el grifo y, en lugar de agua, sale aire. Un silbido grave, regurgitante, con ecos profundos y nada más. Llamas al fontanero, que tras inspeccionar la tubería te comunica que el problema es evidente: el agua está llegando al mar. Que el río que abastece a la ciudad desperdicia el agua en el océano y por eso no llega agua a tu casa.

El fontanero, supongo, sería despachado de la misma. Todos queremos a un auténtico profesional, y no a un pseudofontanero. O eso espero. Pero cuando el mismo razonamiento lo expone un político durante el canutazo de turno a las puertas del Congreso, de alguna manera adquiere una patina de sentido común ilusorio.

El problema es que estamos cometiendo un error de categoría. Un río no es una bañera de agua que se vacía. Es, para decirlo en términos que entienda mi fontanero imaginario, una cañería. Una cañería descomunal, de 930 kilómetros de largo en el caso del Ebro, sí, pero una cañería al fin y al cabo. Su función no es almacenar, sino transportar. Y el destino final de ese transporte —el mar— no es un accidente, es su razón de ser.

Cuando escuchamos que el Ebro ha desperdiciado no sabemos cuánta agua al echarla al mar estamos ante una de esas afirmaciones que suenan a dato científico, contundente como una piedra, pero que examinadas con lupa, se desvanecen como las ondas del impacto sobre la superficie del agua. Es como asumir que el metro desecha a los pasajeros al final del trayecto, o que el sistema de correos tira las valiosas cartas. El metro está transportando a los pasajeros a su destino, y Correos entrega las cartas a sus destinatarios. Y el agua que llega al mar se transfiere a otro compartimento del ciclo hidrológico.

Pero hay más. Esa comparación entre caudal fluvial y consumo humano es estadísticamente tramposa por tres razones que cualquier manual de primer curso de ecología debería aclarar:

Primero, la disponibilidad no es lo mismo que la existencia. El agua que fluye por un río en diciembre no es intercambiable por la que necesitamos en agosto. Los ríos tienen regímenes, ciclos y estacionalidades. Contar el agua de una crecida invernal como si fuera un ahorro disponible para el verano es como contar las calorías de un banquete de Navidad para justificar el ayuno de todo el año siguiente.

Segundo, la calidad importa tanto como la cantidad. El agua que llega al mar ha cumplido funciones ecológicas irreemplazables en su trayecto: ha mantenido humedales, ha permitido el desove de peces y anfibios, ha recargado acuíferos, ha transportado sedimentos, ha nutrido bosques de ribera… El agua que «consumimos» nosotros en nuestra actividad doméstica, o al menos una parte importante, suele salir por el otro lado como agua residual, a menudo contaminada o alterada térmicamente. No digamos ya el agua de uso industrial, que en muchos casos regresa por otras vías como la escorrentía o la evapotranspiración. En España, el 80% del agua consumida por el ser humano va a regadío, y buena parte de ella no vuelve al sistema en condiciones de calidad equivalente.

Tercero, el tiempo de residencia. El agua que pasa por un río está en tránsito: desde que entra como precipitación en la cabecera hasta que desemboca, pueden pasar días o semanas. El agua que embalsamos, en cambio, puede permanecer años expuesta al sol. Los embalses españoles pierden miles de hectómetros cúbicos al año por evaporación. Mucho más que el consumo doméstico de todo el país. Si hablamos de desperdicio, quizás deberíamos mirar hacia esas láminas de agua quietas que brillan bajo el sol, en lugar de culpar al río que cumple su ciclo.

Y la siguiente parada en el ciclo es el mar. Es la siguiente parada en el metro, el destinatario final de la carta. Y negarle al mar ese agua tiene consecuencias ecológicas tan complejas que hacerlas depender de un slogan político es, como mínimo, irresponsable. Y hay algo peor que los políticos diciendo barbaridades; eso es algo a lo que ya nos tienen acostumbrado. Lo peor es que la gente empiece a creérselas. Y cuando la gestión del agua se convierte en una competición de quién propone embalsar más, trasvasar más, aprovechar más, lejos de optimizar un recurso, rompemos un ciclo que funcionaba desde antes de que existiéramos como especie, y cuyas consecuencias de fractura no tardaremos en sufrir.

Y mientras pensamos en ello, permítanme un instante, voy a comprobar que mi fontanero no haya instalado un embalse en mi fregadero.

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