La fontanería de la democracia
Mi fontanero es un tipo práctico. Cuando ve un problema, busca una solución. Cuando el grifo no funciona, lo diagnostica rápido: el agua se va al mar. Cuando ve una tubería obstruida por mejillones, propone un trasvase desde la cocina. No es que sea malo, entendedme, es que no es un auténtico fontanero. Su formación consistió en un curso de dos meses y un par de vídeos de YouTube. Y sin embargo, cuando habla de hidráulica doméstica, la gente le escucha. Le contratan, le permiten que manipule las entrañas de sus casas y le pagan porque, al fin y al cabo, habla con seguridad y lleva un mono azul que inspira confianza. Pero no es un auténtico fontanero. No tiene, de hecho, ni idea de fontanería.
El problema es que hemos apartado a los auténticos fontaneros del debate, y hemos convertido la política del agua en una competición de pseudofontaneros improvisados.
Porque cuando un político se planta ante un micrófono y propone «aprovechar el agua que se tira al mar», está haciendo exactamente lo mismo que mi fontanero con su trasvase doméstico: aplicar una lógica de corto plazo, visible, fácil de explicar en un mitin, a un sistema que funciona en escalas de tiempo geológicas. Es la política del parche populista sostenido en la ignorancia. La política de prometer que traeremos agua de otro sitio porque explicar que quizás en según que zonas debemos tener menos campos de golf y replantear el modelo de agricultura es electoralmente suicida.
Y aquí llegamos al meollo. La gestión del agua, más que técnicamente compleja, es políticamente incómoda. No es difícil, como habéis visto, explicar ni entender por qué los trasvases son, en la mayoría de los casos, ecológicamente destructivos y económicamente dudosos. Pero muy pocos políticos pueden explicar por qué deberíamos dejar de cultivar fresas en Huelva en pleno verano, o por qué los campos de golf de la costa mediterránea deberían otoñarse naturalmente en vez de mantenerse siempre verdes. Eso implica enfrentarse a lobbies poderosos, a intereses económicos consolidados, a votantes acostumbrados a que el agua salga siempre que abren el grifo, sin importar de dónde venga ni a costa de qué.
Entonces se opta por la fontanería mágica. Se prometen trasvases que no se construirán, o que si se construyen crearán más problemas de los que resuelven. Se culpa al río de desembocar en el mar, como si el mar fuera un error de diseño. Se habla de «ahorrar agua» embalsándola, ignorando que los embalses son las mayores fuentes de pérdida por evaporación del país. Y lo peor: se crea una narrativa donde la ciencia es el enemigo, donde el experto que advierte sobre consecuencias ecológicas es un pesimista, un obstruccionista, alguien que «no quiere soluciones».
He perdido la cuenta de las veces que he escuchado a gestores públicos decir «sí, sí, todo eso de la biodiversidad está muy bien, pero hay que ser pragmáticos». Como si la biodiversidad fuera un lujo, un adorno, algo que podemos sacrificar en el altar de la productividad agraria sin consecuencias. Como si los ecosistemas no fueran la infraestructura invisible sobre la que se sostiene todo lo demás: nuestra alimentación, nuestra salud, nuestro clima, nuestra economía. Ser pragmático ignorando la ecología es como ser pragmático ignorando la física en la construcción de un puente. Puedes tener los mejores discursos, las mejores intenciones y el mejor mono azul; el puente se caerá igual.
Y sin embargo, entiendo el incentivo. La democracia, en su forma actual, premia el cortoplacismo. Un político que propone un trasvase visible, con grandes tuberías y actos de inauguración, gana más votos que otro que propone una reforma del regadío invisible, lenta, que solo dará frutos en veinte años. El sistema está diseñado para favorecer a los fontaneros de la solución rápida, no a los ingenieros de la infraestructura sostenible. Cuando se repiten mentiras suficientes veces —que los ríos desperdician agua, que el agua del mar es un error, que los trasvases son neutros ecológicamente—, esas mentiras se convierten en verdad pública. Y una vez instaladas, cualquier intento de corrección suena a complejidad innecesaria, a «que venga un doctor a explicarnos cómo funciona una tubería».
Se ha construido un universo paralelo donde la ignorancia es virtud populista y el conocimiento es sospecha. Y en ese universo, el pseudofontanero que propone trasvases domésticos para ahogar mejillones es un hombre de pueblo, un pragmático, alguien que entiende lo que de verdad importa.
Lo que de verdad importa, claro está, es que el agua siga fluyendo. No solo por nuestros grifos, sino por los ríos, hacia el mar, cumpliendo ciclos que funcionan desde antes de que existiéramos. Lo que importa es que nuestros deltas no se hundan, que nuestros acuíferos no se salinizen, que nuestros peces puedan reproducirse, que nuestros campos no se conviertan en desiertos estériles. Lo que importa es que no desperdiciemos las joyas naturales heredadas en aras de un aprovechamiento que, a la larga, resulta ser un despilfarro camuflado.
Pero esto no se explica en treinta segundos de televisión, no cabe en un tuit y no ruge en un mitin. Requiere paciencia y educación, requiere de ciudadanos que exijan agua sostenible. Que entiendan que el precio de su factura no refleja el coste real del recurso. Que acepten que algunos cultivos no deberían existir donde existen, que algunos desarrollos turísticos son inviables, que algunos estilos de vida son insostenibles.
Mi fontanero, al final, no instaló el trasvase doméstico. No porque entendiera el error, sino porque le salía más caro que limpiar la tubería a mano. A veces, la única manera de imponer el sentido común es hacer que la alternativa irracional sea económicamente inviable. Quizás deberíamos aplicar la misma lógica a la política del agua: que los trasvases, los embalses innecesarios, la sobreexplotación de acuíferos, cuesten lo que realmente cuestan, incluyendo el daño ecológico. Que el pseudofontanero que propone soluciones mágicas se quede sin clientes, y el político en cuestión sin votos, porque nadie puede permitírselas.
O podemos seguir como hasta ahora, construyendo istmos de Panamá hidráulicos, ahogando mejillones con trasvases, y preguntándonos por qué, al final, el agua no llega a ningún lado. Mientras tanto, yo sigo esperando a que mi fontanero vuelva de la ferretería. Dice que tiene una idea genial para aprovechar el atasco que tengo en el desagüe de la ducha: va a instalar una turbina hidroeléctrico, dice.




