Eso demuestran algunos estudios que se han ido haciendo en los últimos años, y que resume relativamente bien la noticia que apareció en el diario 20 minutos el 20 de Septiembre del año pasado.
El artículo muestra que Homo sapiens Linnaeus 1758 es un animal más, que como el resto de los animales, sufre procesos de evolución. Además, intenta mostrar que ese proceso –sea por motivos naturales o por producto de una selección artificial– está acelerándose respecto a cómo funcionaba en el pasado. Desde que nuestros tatara-tatara-tatarabuelos se distribuyeron por los continentes africano y euroasiático hace 40.000 años, la especie ha visto incrementado notablemente su población –aunque la noticia hace referencia al crecimiento, prefiero referirme a esto, pues de otro modo puede dar lugar a una confusión con la estatura, con alcanzar la edad sexual o con la longevidad– un incremento en el que intervino la aparición de la agricultura.
Un incremento de la población lleva a un incremento de las oportunidades de desarrollo de mutaciones genéticas de tipo beneficioso –hablo de números absolutos, ya que, en principio, la proporción es constante, ergo, más gente, más mutaciones– que son uno de los motores de la evolución.
En el estudio que desmostró tales resultados, se examinaron más de tres millones de variantes de ADN en unas 300 personas –desde mi punto de vista, un poco escaso en el muestreo, ya que la población total casi alcanza los 7.000 millones–, encontrándose 1.800 genes que se habrían extendido de forma relativamente reciente. Precisamente, uno de estos genes fue el que nos permite digerir leche a los adultos o la aparición de los ojos azules, más reciente de lo que se cree.
Hace menos de 20.000 años, no podía hablarse de ‘razas humanas’, ya que entonces todavía no habían aparecido los genes que supusieron una pigmentación más clara de la piel en aquellas personas que habitaban en las latitudes más al norte. Una pigmentación que se desarrollaría con el objetivo de compensar una menor cantidad de luz solar, necesaria para la producción de Vitamina D. Sí, así es, hace más de 20.000 años todos éramos negros.
Al contrario de lo que inicialmente se creía, el hecho de que la especie comenzara a asentarse en un mismo lugar durante largos periodos de tiempo, y la consecutiva generalización de la agricultura; ayudó a la aceleración del desarrollo de nuevos genes. ¿Por qué? porque mantenerse sedentario favorece la consanguinidad. Una mayor relación familiar entre los diferentes individuos de cada población,… la formación de barreras –aunque sean barreras sociológicas– favorece la especiación parapátrica.
Según dice la noticia literalmente, los ojos azules, así como la piel clara, son rasgos identificativos de un grupo determinado de humanos que decició establecerse en un nuevo entorno, distinto al que hasta entonces había sido el habitual. Este cambio supuso el desarrollo de nuevos genes, frutos de esa selección natural propia del proceso evolutivo. Esta pigmentación más clara permite una mayor absorción de luz solar, necesaria para vivir –nota de Vary: ya que en las latitudes más altas, la intensidad solar es menor, y por tanto, una piel más oscura implica menos absorción–
Sin embargo, el hecho de que el mismo estudio haya revelado que nadie tenía genes de ojos azules hace 10.000 años, revela otro misterio. Si la evolución de la raza se ha multiplicado de tal forma en los últimos años, podría deberse a una mayor facilidad reproductiva en aquellas personas poseedoras de ojos claros. Es decir, que se trate de una mutación que se viera favorecida por ser de tipo atractivo sexual. Si Jean M. Auel lo hubiera sabido a tiempo…




