¿Por qué necesitamos que el río llegue hasta el mar?
Si el sistema fluvial es análogo al sistema de correos y el mar es el destinatario, no es dificil dar el siguiente paso lógico en la analogía. Porque ese sistema de correos no solo se encarga de entregártelas cartas de tu tío el de Móstoles, también te lleva a casa los muebles que compraste a no sé qué tienda sueca, o la comida que compraste online a tu cooperativa de alimentación favorita. En el río, junto con el agua viaja todo un paquete completo de nutrientes, sedimentos, organismos vivos y señales químicas que el mar, y todo lo que vive en su frontera, espera recibir. Cuando un político propone «dejar de tirar agua al mar», lo que sugiere, aunque no lo sepa, es dejar de entregar ese paquete. Y cuando uno no recibe un paquete que necesita, lo mínimo que puede pasar es que se enfade, y lo peor, que se muera de hambre.
En el mar existe una frontera invisible pero muy real, un lugar donde el agua dulce del río y las aguas saladas se encuentran pero no llegan a mezclarse del todo. Se denomina haloclina, una zona de contacto fisicoquímico donde los nutrientes que vienen arrastrados por el río quedan atrapados, suspendidos. Un bufé libre para el fitoplancton, que alimenta al zooplancton, que a su vez alimenta a los peces.
Reducir el caudal que llega al mar para «dejar de tirar agua» es cancelar la reserva del restaurante cuando los comensales ya están sentados. El 70% de las especies marinas de interés comercial pasan por aquí en alguna etapa de su vida, y estos caladeros de pesca, que dependen de estos estuarios, ven reducida su productividad de forma drástica. Un 20 % menos de agua dulce puede significar un 50 % menos de capturas pesqueras, porque los ecosistemas no funcionan por reglas de tres.
Lo cierto es que a mi me gusta bastante poco ponerlo todo en términos de productividad. Prefiero conceder a los ecosistemas su valor intrínseco. El mantenimiento del ecosistema marino es profundamente dependiente de esos flujos procedentes de los ríos. Tanto, que muchos peces marinos dependen de los cambios de salinidad y temperatura que crea el aporte fluvial para sincronizar su reproducción. La llegada del agua dulce rica en nutrientes desencadena una explosión de producción biológica en la que estos peces depositan sus huevos, asegurando la siguiente generación. Reducir el caudal fluvial desintoniza el reloj biológico de especies enteras, y con ellas, se desestabiliza todo el ecosistema.
Volvamos un momento a la costa. El río no solo transporta nutrientes, también sedimentos. Antes de llegar al mar, la velocidad del agua que baja por el río desciende mucho, y la fuerza de la corriente que río arriba podía retener sedimentos en suspensión se pierde. Los más pesados precipitan. Si cortamos ese flujo, o lo reducimos drásticamente, esos sedimentos dejan de llegar.
Esto me lleva a otro aspecto clave: la intrusión salina. De forma natural, el río, con su caudal, empuja constantemente al mar, manteniendo ese muro invisible de haloclina que impide que el agua salada entre en los acuíferos costeros. Es un equilibrio delicado. Si reduces el caudal, porque decides que eso de que los ríos desperdicien el agua está muy feo, y la embalsas o, peor, la trasvasas ese muro se resquebraja. El agua salada entra en contacto con el mar, y sin presión del río avanza tierra adentro, invade acuíferos, contamina pozos, arruina campos, y convierte en estéril lo que antes era fértil. Porque las plantas de cultivo no saben crecer cuando se riegan con agua salada.
A riesgo de parecer reiterativo, el ejemplo del delta del Ebro se me antoja el caso de estudio perfecto, y perfectamente trágico. Ha perdido más del 90 % de su aporte sedimentario en el último siglo debido a embalses y trasvases. El resultado es un delta que se hunde literalmente, una extensión que pierde hasta 20 metros de costa al año en algunos tramos, mientras el mar avanza tierra adentro. La ironía es perfecta: intentamos «ahorrar» agua impidiendo que llegue al mar, y terminamos destruyendo reservas de agua dulce subterránea que dependían de ese aporte hídrico para mantenerse limpias. Se estima que la intrusión salina ha avanzado más de diez kilómetros en las últimas décadas.
Pero no solo en el Ebro se cuecen habas. En el Campo de Cartagena, el Mar Menor recibe aguas que antes eran dulces y ahora son salinas, alterando su química y contribuyendo a las floraciones algales que la están asfixiando. Si a eso le sumamos el aporte masivo de contaminantes, la ecuación se completa. No estamos aprovechando el agua; estamos intercambiando agua dulce renovable por salinización permanente.
Pero hay algo más en ese paquete que el río deja de entregar: los sedimentos. Arena, limo, arcilla, restos orgánicos. Materiales que el río ha recogido en su viaje desde la montaña y que ahora deposita en el delta. Estos sedimentos no son residuos; son la materia prima con la que el delta se construye y reconstruye, compensando la inevitable erosión marina. Sin ellos, el delta se hunde bajo su propio peso y el mar lo devora.
Y si os gustan las ironías, esta es la que se lleva el premio gordo. Esos mismos sedimentos que deberían llegar al mar y no llegan por culpa de los embalses están, de hecho, matando a los propios embalses. Como allí la velocidad de la corriente se reduce a cero, las aguas pierden capacidad de retención y precipitan como si estuvieran en la desembocadura. Esos sedimentos se acumulan en el fondo, reduciendo la capacidad de almacenamiento, convirtiendo lentamente los embalses en futuros prados húmedos. El embalse de Mequinenza, en el Ebro, ha perdido más del 30 % de su capacidad por sedimentación desde su inauguración en 1966. Estamos destruyendo el delta y el embalse a la vez, en un doble golpe de eficiencia hidráulica que solo la burocracia española podría haber ideado.
A todo esto… ¿Dónde está mi fontanero? Lleva mucho tiempo sin hacer ruido…









